25F, Golpe de Duque

Posted on 25 febrero 2012


ANÁLISIS | Caso Nóos

Efe

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Por Marcos Torío* | Palma

La caída del ‘Régimen de las Celebrities’ en Mallorca se conmemorará el 25F, final de una época alumbrada por el imputado Jaume Matas a fuerza de mirarse en el espejo del zaplanismo.

El expresident del Govern guiñó el ojo a Valencia con un par de proyectos a Calatrava –siempre polémicos- pero cambió las infraestructuras megalómanas –excepto el Palma Arena- de parques temáticos ruinosos y aeropuertos desérticos por el brillo de los famosos. Una inversión etérea, no cuantificable, que procuraba un nivel semejante de flashes y, debía creer él, traspasaba a su figura pública los méritos y el encantamiento que el público sufría con las estrellas. Era una forma de gobernar extendida. Su socia, también imputada y presidenta del Consell de Mallorca, Maria Antònia Munar, gastaba dinero público en demostrar que Cristóbal Colón era mallorquín. Antes de pasar a ella como La Princesa, quería desenterrar la Historia. En mayúsculas y tirando de exhumaciones. Después de los titulares nunca más se supo del conquistador.

La alcaldesa de Palma, Catalina Cirer, jugaba en una liga ‘low cost y se conformaba con hurtar vasos de los que hubieran bebido personajes conocidos para almacenarlos en una vitrina. Con sus correspondientes etiquetas identificativas. Conservaba, entre otros, ADN de Julio Iglesias y Bertín Osborne. De todos, siempre fue la fan más austera y proletaria.

Mallorca estaba embriagada de éxito social, era el destino favorito de todo el que tuviera algo que decir o aspiraba a que se le viera y escuchara. Un must vacacional. Matas, mientras, fichaba. Y los fichajes siempre le pasaban factura. Real y metafórica. Claudia Schiffer vendía las bondades de la isla en las ferias turísticas cuando hacía lo mismo con su casa mallorquina. En las mejores inmobiliarias. Michael Douglas, a quien autorizó infracciones urbanísticas en su mansión, se desdoblaba para promocionar conjuntamente Baleares y Bahamas, convencido de que lo bueno era sestear en alguna isla. Cuantas pagaran por su imagen. Las listas electorales no incluían actores ni supermodelos así que, en 2007, apostó por Maria de la Pau Janer, que había coqueteado con el PSOE y CiU. El público conservador le castigó con el nombre de la escritora tachado en las papeletas y la derrota electoral.

Ninguna estrella podía, sin embargo, competir con el brillo atribuido a la Familia Real, veraneante en Marivent desde los estertores del franquismo. A palacio llegaban desde las instituciones los mejores productos artesanos, agasajos en pago por el servicio promocional prestado. Por las sonrisas posadas y la función diplomática desempeñada. Los Borbones como embajadores turísticos.

La incorporación de los hijos políticos de los Reyes a las vacaciones provocó el relevo de titulares. Jaime de Marichalar nunca pasó de ser el esposo castellano de secano, incómodo en los avatares náuticos. Letizia era pasto de los susurros ante la convicción de que sus estancias en la isla eran un desagradable cumplimiento de la agenda. Iñaki Urdangarin, en cambio, a pesar de su carácter hosco con la prensa, era quien mejor se mimetizaba con los focos estivales, centrados en un trasiego de bermudas y velas arriadas. El deporte como coartada.

Matas vio en José Luis ‘Pepote’ Ballester una incorporación rentable a su Govern de 2003 como director general de Deportes, aunque ejerciera de conseller de facto. El medallista olímpico tenía prestigio, una buena agenda y amistad con los miembros de la Familia Real. No tardó en contar con la aprobación absoluta del president. Despachaban a solas y sin cortapisas del partido. Bastó un ‘hágase’ para levantar el velódromo de Palma Arena y no poner trabas al pago de los más de dos millones de euros que Iñaki Urdangarin, amigo de ‘Pepote’, facturaría a través del Instituto Nóos por dos foros turístico-deportivos que beneficiarían la imagen de Mallorca. La cuadratura del círculo para Matas: apuesta por el deporte y estrechamiento de lazos con la Familia Real. “Era el Duque de Palma”. No hacía falta más.

El fichaje del yerno del Rey, sin embargo, sería el más peligroso para el president a la vez que para la monarquía, que siempre había conseguido mantenerse impoluta frente a las polémicas del Govern balear. La frialdad entre la familia de los Duques de Palma y la del heredero en los últimos posados de Marivent se resolvía en los medios como un disgusto entre cuñadas por asuntos domésticos y condenaba la supuesta soberbia de Letizia. Casualidad o no, los Urdangarin y los Príncipes de Asturias rara vez coincidían en el complejo anejo a Marivent, reservado a los hijos del Rey, durante las vacaciones. Antes de que lo hiciera la opinión pública, la Casa Real debía manejar sus informaciones.

Matas y Urdangarin se exiliaron a Washington. Tierra de por medio. La misma. ‘Pepote’, rota su amistad con el Duque de Palma y aislado, tiró de la manta. La monarquía, en jaque boicoteada desde dentro. En la picota por Ballester, el deportista mejor relacionado con la realeza; por Matas, el político que más empeño puso en halagar a los Reyes y por el yerno que, con los pómulos afilados y la pena del telediario pegada a los andares, ha derrocado un 25F el Régimen de las Celebrities y ha reventado Mallorca como edulcorada postal del cuore más monárquico para convertirla en un nuevo ‘must’: judicial.


*Marcos Toríoes jefe de Cultura en El Mundo en Baleares y autor del libro ‘Veranos en Mallorca’

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