ErDesvan Literario. Hoy… Edgar Allan Poe. El entierro prematuro.

Posted on 30 septiembre 2012


Literatura

ErDesvan Literario.

Edgar Allan Poe cultivó tanto la narrativa como la poesía y el ensayo, y realizó aportaciones originales en estos campos; se le considera padre del simbolismo en la lírica y en los relatos de género fantástico y terror anticipó la narrativa de ciencia-ficción o ficción científica y, especialmente, la novela policíaca a través de cuentos en los que se resuelven lógicamente complejos problemas.

Edgar Allan Poe

El entierro prematuro

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado  horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas  deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con  propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen.  Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso “dolor agradable”  ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de  Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los  ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos  relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos  parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más  destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el  alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan  vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y  horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos  individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos  desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es  particular, no difusa. ¡Demos  gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra  el hombre individualmente y nunca en masa!

Ser  enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que  jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con  frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los  límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos,  borrosos e indefinidos… ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza  el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de  las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una  suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el  incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso  principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas  fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni  irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma?  Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas  deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en  suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte  de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y  del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos  entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos  bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas  circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores,  ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una  conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más  respetables ciudadanos -abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada  por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los  médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó,  y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente  muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía  el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual  palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las  pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo  adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido  avance de lo que se supuso era descomposición.

La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció  cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para  recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando  abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de  blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la  mortaja puesta.

Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había  revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían  provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el  féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se  había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse  consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que  descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al  parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de  hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro  terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que  sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.

En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación  prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación  de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era  mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia,  rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet,  un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su  amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se  había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a  rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y  diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este  caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos  años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la  muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta,  sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el  recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana  provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de  desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la  tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los  cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había  sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y  las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente  había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su  alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por  sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su  salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su  corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo.  Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su  resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos  regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado  tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se  equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y  la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que  las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no  sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del  marido.

La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran  autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y  publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que  presenta las mismas características.

Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y  salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión  muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de  cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con  éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes.  Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por  muerto.

Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de  los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo  siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes,  y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras  de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido  removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio  nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente  terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin,  su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas  palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan  abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de  que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en  furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al  hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia.  Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y  con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.

Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la  conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de  perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra  muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de  la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el  parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo  sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación.  Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado  hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería  de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de  pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.

La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a  la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó  ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo  enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión  en todas partes, donde era tema de conversación.

El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto,  aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que  despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento,  se pidió a sus amigos la autorización para un examen postmórtem (autopsia),  pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos  decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado.  Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de  cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el  supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y  depositado en el quirófano de un hospital privado.

Al practicársele una incisión de cierta longitud en el  abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar  la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin  nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una  apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.

Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin,  proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un  deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la  batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se  estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento  rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de  la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló.  Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba  claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.

Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de  espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se  vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de  administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la  sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia  sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la  maravilla de aquellos y su extasiado asombro.

El dato  más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó  el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido,  que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo  desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando  cayó desmayado en el piso del hospital. “Estoy vivo”, fueron las  incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado  pronunciar en aquel grave instante de peligro.

Sería  fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no  nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando  reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos  la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más  frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido  muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran  esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La  sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin  vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia  física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable  opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la  mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de  la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero  palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del  aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos  que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de  que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los  muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún  palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la  imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra,  no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo  Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés  profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este  tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del  asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi  experiencia efectiva y personal..

Durante  varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido  llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las  causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta  enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien  conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el  paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de  exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las  pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de  calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar  un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad  de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras  el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran  establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que  concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro  prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la  consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La  enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones,  aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos  y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara  a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad  con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la  tumba.

Mi  propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los  textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en  un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin  capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica  conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba  hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto  conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía  enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía  postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la  nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor.  Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en  contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que  vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni  casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de  esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido  percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño  pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar  en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante  largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades  mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta  suspensión.

En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino  una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de  “gusanos, de tumbas, de epitafios”. Me perdía en meditaciones sobre  la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El  espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche.  Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la  segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la  tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba  como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no  aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño,  pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una  tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de  inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y  tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las  innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi  relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de  más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en  mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído:  “¡Levántate!”

Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura  del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en  trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando  ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca,  sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:

-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?

-¿Y tú – pregunté- quién eres?

-No tengo nombre en las regiones donde habito -replicó la  voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno  de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no  es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es  insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los  gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo  soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre  las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?… ¡Mira!

Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la  muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían  las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus  más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño  con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos  millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil  lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los  innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los  enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos  habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que  fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:

-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?

Pero, antes de que  encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las  luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina  violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados,  repitiendo: “¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo  lastimoso?”

Fantasías  como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia  incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa  de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a  practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me  atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión  a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes  de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis  amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se  convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les  causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque  prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En  vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con  los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta  que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y  aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban  ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras,  mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente  desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía  hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También  estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con  alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd  estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada  según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de  forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se  soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya  soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una  mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del  hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las  angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!

Llegó  una época -como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo  de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida  de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido  amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación  apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún  esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego,  tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las  extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud,  durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en  pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito  restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e  inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que  envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer  esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un  éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su  dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me  estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia.  Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro  horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu  estremecido.

Unos  minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y  por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo  que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era  seguro. La desesperación -tal como ninguna otra clase de desdicha produce-,  sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis  pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque  había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía  que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo  estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que  dura para siempre.

Intenté  gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero  ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso  de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración  laboriosa y difícil.  El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por  gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí  también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los  costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al  fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas  cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no  más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de  un ataúd.

Y  entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza,  como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice  espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas  buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y  una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar  percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto  cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de  la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la  cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía  recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en  algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y  para siempre, en alguna tumba común y anónima.

Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza  hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo  intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía  resonó en los recintos de la noche subterránea.

-Oye, oye, ¿qué es eso? -dijo una áspera voz, como  respuesta.

-¿Qué diablos pasa ahora? -dijo un segundo..

-¡Fuera de ahí! -dijo un tercero.

-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? -dijo un  cuarto.

Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me  sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba  completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de  mi memoria.

Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia.  Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas  por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una  tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de  tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor  provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos  literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o  setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura  de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era  exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo,  dormí profundamente, y toda mi visión -pues no era ni un sueño ni una  pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la  tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he  mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria  durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran  los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para  descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a  las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a  falta de gorro de dormir.

Las torturas que  soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de  la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente  espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi  espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera.  Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte.  Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más pensamientos  nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como  éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de  hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones  sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los  cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso  para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede  parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar  con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores  sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los  demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que  dormir o nos devorarán…, hay que permitirles que duerman, o pereceremos.

Fuente: rinconcastellano.com/Maquet:ErDesvan.com
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