Vomitorio.

Posted on 4 noviembre 2012



BLOG | Vidas.zip.

Lorenzo Silva.

Según dicen, hubo una aglomeración en el acceso al vomitorio, justo cuando llegaba el super DJ. Ramón alza las cejas: no en vano proviene de una época sin vomitorios ni super DJ.

Tampoco es que Ramón sea un octogenario. Apenas media la quinta década de vida, lo que le permite tener una hija de 15 años y una comprensible preocupación por la posibilidad de que la sangre de su sangre se vea un día en la que se han visto esas cinco chicas, y que ha enviado a cuatro de ellas al tanatorio y a otra a la UCI del hospital. Una avalancha, unos pasillos demasiado angostos, muchos jóvenes borrachos y con la coordinación perjudicada (aparte de las tripas, y por idéntico motivo) y pocos empleados de seguridad mal instruidos (si es que habían recibido instrucción alguna) que bracearon con más voluntad que criterio contra la catástrofe. El resultado: cuatro vidas y cuatro mundos extinguidos. La suerte, la perra suerte, que las puso allí donde nunca deberían haber estado para acabar perdiéndolo todo por nada, bajo la multitud, en el pasillo del vomitorio.

Acontecida la tragedia, comienza el circo. Un ayuntamiento dueño de la sala, una empresa que la alquila para montar una macrofiesta, otra que controla el acceso, un tipo o tipa que tiró una bengala, no se sabe muy bien si antes o después, hay testimonios contradictorios y la policía todavía anda mirando las cintas que grabaron las cámaras de seguridad, más de 1.300 horas de imágenes sincopadas que son el acta notarial del desaguisado. Ramón lee las declaraciones de unos y otros. Como es habitual, nadie ha sido. El ayuntamiento amenaza con personarse en la causa y anuncia que no tolerará una macrofiesta más en sus instalaciones. Ramón se pone en la piel de los padres de las fallecidas y se pregunta: ¿y por qué ésta sí? La empresa que controlaba los accesos alega que todo se hizo correctamente y que no había exceso de aforo. Pero la última víctima, como muchos otros asistentes, era menor de edad y nadie le impidió pasar. Los organizadores, por su parte, se despachan con adjetivos gruesos (“execrable”) contra el anónimo lanzador de la bengala. Éste, comprensiblemente, no comparece ni asume culpa. Pero en algún sitio, de algún modo, alguien lo causó. Informaciones sin confirmar apuntan a la sobreventa incontrolada de localidades. Las imágenes de vídeo muestran un local atestado de carne sudorosa y danzante. Sólo cuando algo sale mal se demuestra a ojos de algunos la importancia de extremar las precauciones. En el juicio, calcula Ramón, alguien comprobará lo poco que, llegado el caso, te cubre un insensato lanzador de bengalas.

Macrofiesta. Super DJ. Botellón. Qué manía la de estos tiempos con los aumentativos, qué ganas tiene cierta gente de computar a los semejantes en grandes números, a efectos de su ordeño simultáneo (35 euros por barba, en esta ocasión), y qué disposición pasmosa tienen otros a dejarse arrastrar al cómputo y formar parte de una multitud. Ramón, que le perdonen las autoridades y los empresarios la desconfianza, lo tiene claro: no piensa encomendar a la cautela administrativa ni al celo empresarial la integridad de su hija. Tratará de disuadirla por la vía del diálogo de la necesidad de aturdirse con alcohol y música pinchada por quien sea junto a una muchedumbre. Y si esto no funciona, recurrirá a esa herramienta paterna, la prohibición, que tantos titulares de la patria potestad parecen haber olvidado. Sólo le quedan tres años, más lo que le permita ejercerla en forma de sucedáneo la convivencia bajo el mismo techo, pero es una misión irrenunciable. Que vayan otros, si gustan y les dejan. A su hija, jamás le dará permiso para ir al vomitorio.

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