“La juez, el fiscal y el Gorrinín.

Posted on 17 noviembre 2012



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El relato es de Arturo Pérez-Reverte y aparece en el suplemento XL Semanal.

Publicado en Periodista Digital, 11 de septiembre de 2012.

Se titula “La juez, el fiscal y el Gorrinín” y trata de un suceso ocurrido en la Sierra de Madrid pero que puede pasar en cualquier lado. De España, se entiende, porque en este país, como acostumbra a decir Carlos Herrera desde su radio “hay más tontos que botellines”.

Lean, juzguen y opinen… si les apetece:

Parece el título de una película italiana de los años 50, de  las de Dino Risi o Vittorio de Sica; pero a diferencia de aquéllas,  ésta no tiene puñetera gracia. O sí, según se mire. Para reírte un rato,  con desesperación, de este país de payasos.

En cualquier caso,  situémonos: Galapagar, sierra de Madrid, hace un par de semanas.  Protagonista involuntario, un picoleto que en coche oficial verde y  blanco, con pirulo y rótulo de Picolandia, transporta a su domicilio a  una mujer maltratada.

Después se acerca a un estanco a comprar tabaco. A  los veinte pasos oye un ruido a su espalda, se vuelve y ve a dos pavos  que han roto un cristal del coche y están desvalijándolo por la cara.

Echa a correr hacia ellos, y los artistas se abren a toda leche  llevándose el gepeese del coche y la cartera del agente con su deneí, su  carnet de cigüeño, sus tarjetas de crédito y su permiso de conducir,  que tenía en la guantera. El guardia llama por radio a los colegas.

Galapagar es un pueblo pequeño, y un par de picos se ponen a buscar a  los malos. Empieza la caza del hombre.

Ahora vamos con los  malandros. Un español y un moro. El español, conocido en el pueblo como  delincuente habitual de toda la vida, tiene 35 tacos, y para que se  hagan ustedes idea de la calaña del hijoputa, responde al elegante apodo  de Gorrinín: treinta detenciones entre 1997 y 2001, seis durante 2010 y  ocho desde enero de este año, fecha de su última salida del talego.

O  sea, 44 coloquetas en cinco años y sigue en la calle. Entra por una  puerta y sale por otra. Para entendernos: una típica criatura maltratada  por la injusta sociedad moderna.

El consorte también es criatura  maltratada típica: se llama Jalil, y según me cuenta un amiguete de  confianza que tengo próximo al juzgado local, «no es muy listo, así que  mayormente el otro lo lleva para que se coma los marrones, porque como  es moro lo sueltan en seguida».

El caso es que los dos colegas, tras  desparramar el coche y largarse con el botín, están echándole un vistazo  a la cartera del picoleto cuando antes de tres minutos de reloj les  caen encima los colegas del damnificado. Alto a la Guardia Civil y todo  eso. Fin del segundo acto.

Cacheo de rigor. Contra la pared,  brazos y piernas separadas.

Y cuando están en ello, y uno de los  guardias va a registrar al Gorrinín, éste se revuelve de pronto, saca  una navaja y le pega al representante de la injusta sociedad que lo  maltrata una mojada que, de no apartarse a tiempo el picolino, lo pone  mirando a Triana.

Pero sólo le alcanza un tajo en el brazo izquierdo  -que necesitará seis puntos de sutura en el centro de salud del pueblo-.

Los dos se agarran y caen al suelo, el Gorrinín pegando navajazos y el  cigüeño ensangrentado, procurando no llevárselos él.

Al final vence la  ley y el orden, como se veía venir, y al Gorrinín y al Jalil se los  llevan esposados al cuartelillo. Diligencias, etc. Al rato, él y el  consorte están en el vecino juzgado de Collado Villalba. Y allí empieza  el cuarto acto del sainete, que es mi favorito.

El fiscal debe de  estar muy ocupado, porque no aparece por ninguna parte. Y como no hay  fiscal que fiscalice, la juez de guardia, conforme a lo previsto en el artículo 505.4 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal,  ordena la inmediata puesta en libertad del Gorrinín y su colega.

Sin  fianza. Eso sí, con la seria advertencia -a uno que lleva ocho  detenciones por robo y lesiones en lo que va de año- de que se presente  cada quince días en el juzgado. So pena, si incumple, de afearle  seriamente la conducta.

Así que al Gorrinín le quitan las esposas y le  señalan la salida: puerta, camino y El Viti. Y el ciudadano, con la  contrición y pesadumbre que son de suponer, se dirige hacia ella; no sin  antes detenerse en la puerta, dirigir una pedorreta a los funcionarios  del juzgado y a los guardias que están allí, y anunciar literalmente:

«Soy el amo de Galapagar, y no podéis hacerme nada. Ya veréis. Os vais a  cagar».

Y luego, rascarse los huevos, encender un pitillo e irse a  tomar unas cañas.

Ahora hagan ustedes, porfa, el bonito ejercicio  de imaginar que al picolo del navajazo se le hubiera ocurrido sacar el  fusko durante la pajarraca.

Y que en el forcejeo se le hubiera escapado  un tiro. O que, por impulso propio del instinto de supervivencia, se lo  hubiera pegado a propósito al malo entre ceja y ceja, tras el primer  navajazo.

Calculen los titulares: respuesta desproporcionada, brutalidad  picoleta, fascismo guarro, etcétera. Y los telediarios abriendo con  nombre, apellidos, domicilio y foto de primera comunión del guardia.

Que  podía darse por bien jodido, el infeliz. Iban a salirle fiscales  localizables y jueces rigurosos hasta de debajo de las piedras.

Fuente: Texto: Periodistadigital.com/
Video:Youtube.Publicado el 14/07/2012 por 
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Posted in: ARTÍCULOS