Olor a santidad

Posted on 11 febrero 2014


José María Rondón

ErDesvan/Blogs.

Confirmado: en la vida de los santos está el germen del género fantástico.

José María Rondón

 @josemariarondon

De San Vicente Ferrer cuentan que resucitó a un niño de seis meses de una devota familia al que cocinaron a la brasa. Era lo mejor que tenían para dar de comer a tan ilustre invitado. San Antonio de Padua hizo hablar a un recién nacido para que dijera el nombre de su padre con el propósito de disipar las sospechas de infidelidad de un marido celoso. Y los santos Cosme y Damián sustituyeron una pierna gangrenada a un sacristán por la de un difunto. El trasplante fue bien, con un matiz: el donante era de raza negra. El hombre recuperó la salud, sí, pero vivió el resto de sus días con una pierna blanca y otra negra, como si se tratara de un dálmata.

Posible representación de San Isidoro (Códice de Santo Martino).

A San Felipe Neri Dios le dio un corazón tan grande que le partió varias costillas. San Dionisio de París fue decapitado, pero todavía tuvo energías para levantarse y caminar dos millas con su cabeza entre las manos. Y San Froilán de Lugo se colocó unas brasas sobre la lengua para decidir si se dedicaba a la vida monástica o la predicación. Pero es casi más cruel lo de Santo Tomás de Aquino, a quien, todavía niño, dos ángeles le ciñeron un cinturón de castidad para protegerlo de las tentaciones de la carne.

Hechos igual de asombrosos abundan en la crónica del traslado de las reliquias de San Isidoro desde la Sevilla islámica hasta  León, uno de los acontecimientos históricos más llamativos de nuestra Edad Media, del que se han cumplido ahora 950 años. El relato que nos ha llegado de la embajada capitaneada por los obispos Alvito y Ordoño es rico en detalles y, por momentos, delirante, en especial cuando enumera los prodigios ocurridos tras el descubrimiento del cuerpo del santo en Sevilla la Vieja, en la ubicación donde hoy, aproximadamente, se levanta el monasterio de San Isidoro del Campo, en el municipio de Santiponce, próximo a la ruinas de Itálica.

Como anota el profesor Juan Luis Carriazo Rubio en el último número de la revista Andalucía en la Historia, uno de los textos sobre el acontecimiento, laHistoria Translationis Sancti Isidori, recoge que “cuando fue descubierto, tan gran fragrancia de suavísimo olor emanó, que empapó los cabellos de la cabeza, las barbas y las vestiduras de todos los presentes como una niebla o un rocío de balsámico néctar”. La crónica también relata la curación de algunos de los asistentes a la inhumación. “Había dos ciegos y otros muchos mudos y sordos y sufridores de diversas enfermedades, todos los cuales al instante quedaron sanados”.

En una interesante recopilación de los milagros realizados por San Isidoro, el Liber de miraculis Sancti Isidori, se enumera también que, al sacar el cuerpo del santo, la hija de al-Mu’tadid se convirtió al catolicismo, que el cuerpo pesaba desproporcionalmente, que el santo protegió a los leoneses cuando los musulmanes sevillanos intentaron recuperar la reliquia, cómo llovió abundantemente sobre lugares castigados por la sequía y cómo un caballo sin jinete, al llegar a León, condujo los restos a su emplazamiento definitivo, la Colegiata de San Isidoro.

Ya ven: un santo es un tipo dotado con un don especial para elegir a su biógrafo. Incluso, después de muerto.

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